Lo japonés en la Europa del XIX
A finales del siglo XIX se produce una revolución en el arte que va a desembocar en las vanguardias (Cubismo, Expresionismo, Futurismo, Subrrealismo, etc.) caracterizadas por romper frontalmente con los presupuestos básicos del arte tradicional vigentes desde el Renacimiento, a saber; perspectiva lineal, encuadre frontal y centrado, fidelidad al modelo natural, modelado o búsqueda de la belleza entre otros. Pero antes de llegar a este punto de ruptura toda una serie de movimientos muy influenciados entre sí van a ensayar nuevos lenguajes, nuevas técnicas, materiales y temas que abrirán las puertas al cambio. Para ello los artistas rebuscan en la historia encontrando una fuerte inspiración en el mundo medieval, eso sí embellecido por un halo de misterio y leyenda que poco tenía que ver con realidades pasadas. Otras influencias, sin embargo, van a venir de fuera de Europa, en concreto una de las más originales es la oriental, especialmente la de la cultura japonesa que va a ser decisiva en los movimientos del último tercio del siglo XIX; Impresionismo, Postimpresionismo y Modernismo fundamentalmente.
A partir de la década de los 70 y coincidiendo con la apertura de Japón, Europa sufre una verdadera “fiebre japonesa”. París se llena de tiendas especializadas en arte nipón que también es protagonista de las Exposiciones Universales. Tanto es así que incluso se crea el término japonismo para referirse a este fenómeno.
Dentro de este panorama las obras de mayor trascendencia fueron las estampas conocidas con el nombre de Ukiyo-e que datan del periodo Edo (1603-1868). Los nuevos artistas no escondieron su entusiasmo ante sus grandes maestros como Utamaro, Hiroshige, y Hokusai convirtiéndose en grandes coleccionistas de grabados, tal es el caso de Monet o Van Gogh. Algunos pintores europeos realizan obras “a la japonesa” si bien suelen occidentalizar los rasgos de sus modelos, así Monet pintó “la japonesa”en 1875 vestida con kimono y abanicos. Van Gogh, por su parte, realiza uno de sus autoretratos con la cabeza rapada a “lo bonzo” y con los ojos ligeramente oblicuos, además de incluir estampas japonesas decorando las habitaciones que pinta en sus cuadros y diseñar varias portadas para revistas dedicadas a Japón inspirándose en éstas.
Otras influencias directas aparecen en el concepto de serie desarrollado por Hiroshige en sus Cien vistas del monte Fuji que fue aplicado por Monet en sus diferentes vistas de la catedral de Rouen y también pudo inspirar a Cézanne en las vistas de la Montaña de Santa Victoria. Incluso, la propia firma de Toulouse Lautrec, para la cual a veces utilizaba el rojo, estaba inspirada en los sellos japoneses.
Sin embargo, el capítulo más importante es la incorporación de los recursos del Ukiyo-e al arte occidental. Así se introduce en la pintura europea la perspectiva oriental “en altura” que da pie a la utilización de todo tipo de enfoques forzados como los contrapicados, perspectivas en esquinas, etc., a la que recurrieron artistas como Degas o Toulouse Lautrec. Por otro lado, la ausencia de un único punto de fuga en el arte oriental anuncia la posterior asunción por el cubismo de la visión múltiple. Estos nuevos criterios favorecen una mayor libertad compositiva al colocar el tema principal descentrado, inacabado e incluyendo personajes de espaldas, algo que hasta ahora había sido considerado tabú.
Las escenas del Ukiyo-e o escenas del “mundo flotante”, término con el que el budismo se refiere al mundo real, para él considerado de las apariencias, se prestaban también a la nueva temática profana a la que habían virado los artistas europeos al plasmar escenas cotidianas y del mundo del placer y el ocio representado por las cortesanas y el nuevo teatro kabuki. Éstos redescubren allí la belleza de los colores primarios que a partir de entonces se hacen cada vez más presentes en el arte occidental hasta desembocar en la total arbitrariedad y violencia que los fauves y los futuristas hacen del uso del color, convirtiendo a éste en el auténtico protagonista de sus cuadros.
Con el arte oriental se introduce un creciente gusto por el planismo que comienza ya en los impresionistas y que se convierte en característica de muchas carteles de Toulouse Lautrec y de los modernistas Mucha o Klimt. Este desinterés hacia el volumen también acaba por afectar a la captación de la luz, efecto totalmente ignorado en el arte Nipón. Gauguin será uno de los primeros en hacer desaparecer las sombras de sus cuadros.
La influencia de los virtuosos trazos de pincel de la caligrafía japonesa se dejan igualmente sentir en el desarrollo del característico arabesco o línea-látigo de los modernistas, así como el nuevo impulso dado al papel en consonancia al nuevo auge de la prensa y la publicidad. En este sentido, incluso se ensayan nuevos formatos muy alargados, en un guiño a los rollos japoneses, con forma de biombo, abanico etc., con inmediatas repercusiones en la concepción del espacio.
Por último, añadir que la incorporación al arte occidental del lenguaje estético oriental favoreció también la aceptación del arte de las “culturas primitivas”, en especial, de África y Oceanía, no menos importantes en la asunción de las vanguardias.