Tatiana Labrador

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La mujer del Renacimiento

 

El retrato es una de las grandes aportaciones del Renacimiento dentro del nuevo impulso dado a la pintura profana. Su especial desarrollo viene determinado por el auge del individualismo y la autoconciencia de la presencia del hombre en la naturaleza. En ellos no sólo se representan a príncipes, nobles y miembros del alto clero, sino también a banqueros, artesanos, eruditos o humanistas, convertidos en los nuevos mecenas, e incluso a los propios artistas. En cualquier caso, nosotros vamos a centrarnos en el retrato femenino que muestra un prototipo de mujer que será nuevamente rescatado por los artistas del siglo XIX intrigados por su misterioso atractivo.  

A pesar de su papel secundario en la historia, la mujer siempre ha estado presente en el arte y ello es debido, en buena parte, a la identificación que se produjo de ésta con la belleza, principal valor estético de los artistas hasta la revolución de las vanguardias.

Frente a épocas anteriores, en el Renacimiento se advierte además una corriente de dignificación de la mujer al amparo de las nuevas ideas neoplatónicas que unían los conceptos de belleza y bien y que venían a sumarse a la idealización femenina de la poesía caballeresca y el amor cortés, que si bien no produjeron muchos cambios sociales, sí afectaron a su papel en el arte.  

Si bien el realismo tardogótico introdujo algunos retratos en la representación de los donantes que aparecían en las pinturas religiosas, es ahora cuando se desarrollan los retratos como tales. En ellos  aparece el individuo, generalmente de medio cuerpo o de busto, acompañado de ciertos elementos distintivos de su extracción social, características propias de su persona, así como pequeños objetos, flores o animales de compañía, con un claro carácter simbólico en muchos casos. Este formato, si bien favorecía el protagonismo del retratado, no ocultaba, sin embargo, ciertos reparos morales hacia el resto del cuerpo, en especial de la mujer.

En la primera época del Quattrocento, ésta, al igual que el hombre, se representa de riguroso perfil, por influencia de las monedas romanas, cuyas efigies constituían algunos de los pocos ejemplos conservados del retrato antiguo. Con el tiempo, sin embargo, y como influencia de la pintura flamenca se optó por una postura menos rígida aunque igualmente posada, en la que el individuo se presenta de tres cuartos o con el rostro ligeramente ladeado, lo que ponía al personaje en contacto visual con el espectador estableciéndose una nueva dinámica. No obstante, aunque éste es el caso de algunos ejemplos como la famosísima Gioconda, en otros, especialmente en una primera época ella pierde su mirada en otro punto, mostrando el recato propio de su género y las supuestas virtudes de las damas como eran la humildad, modestia, saber estar, piedad etc. Por esta razón su expresión suele ser austera, casi fría o en su defecto, dotada de una leve sonrisa un tanto melancólica, a la vez que adopta una postura piadosa con las manos entrecruzadas o sujetando esos elementos a los que hemos aludido antes. No obstante, hay que recordar que las manos y los pies, junto con el rostro y el busto eran consideradas un elemento de gran atracción sexual, de ahí el interés por mostrar la delicadeza de éstas. 

El ideal de mujer, revisando según los principios de la antigüedad clásica, pasaba por tener un rostro ovalado de tono nacarado, rasgos dulces y suaves y labios generalmente finos y poco marcados, largo cuello y hombros pequeños. El pelo se representa ligeramente recogido en sencillos tocados o más habitualmente bajo finos velos que permiten hacer uso del juego de las transparencias. Encontramos aquí la poética del cabello suelto como elemento de seducción femenina que, sin embargo, debe ser controlada. El color es habitualmente dorado y levemente ondulado respondiendo nuevamente a esa imagen idílica en la que se compara al oro o a los rayos del sol. Sin embargo, el punto de idealización es tan alto que a menudo las esbeltas y perfectas proporciones de las jóvenes se convierten en rasgos inexpresivos tan fríos como los mármoles que inspiran a los artistas. De todos modos, la pintura flamenca, más interesada por el realismo cotidiano, también influenció en algunos pintores florentinos a la hora de intentar captar la personalidad psicológica de los modelos. Tal es el caso de Castagno o Botticelli y posteriormente el maestro Leonardo.

Si en un primer momento dominan los fondos neutros o los interiores austeros, pronto se dio paso a los paisajes naturales, en los que existían mayores posibilidades de reflejar los nuevos conocimientos de perspectiva espacial y aérea, y donde hay que citar nuevamente al que probablemente se ha convertido en el retrato más famoso, la Mona Lisa.

Otra característica de este momento es la riqueza de los vestidos, fruto del comercio veneciano con oriente, y el carácter primoroso con el que éstos son tratados. No hay que olvidar que la principal función de estos retratos era mostrar el status de la mujer y la familia a la que pertenecía. Los pintores reflejarán gustosos las ricas telas y joyas con todo lujo de detalles, exhibiendo así sus dotes de virtuosismo. Son frecuentes el terciopelo y los apliques de pieles como el armiño o el visón, los damasquinados, brocados, sedas y gasas, e incluso las incrustaciones de pedrería y los hilos de oro. Todas estas texturas son aprovechadas además para introducir efectos de luz que realzan el modelado y que van a ser muy importantes a partir de ahora. Una excepción la encontramos en los retratos de las mujeres florentinas, que en consonancia con el carácter republicano de su ciudad, caracterizado por el gusto sobrio, vestían de forma más sencilla que sus contemporáneas si bien los textiles lujosos eran el eje de su próspera economía.

A pesar del interés renacentista por la perpetuación de la imagen, motivo que llevó al florecimiento del retrato, muchas de estas mujeres, quizás por carecer de la importancia de sus esposos, aparecen sin identificar, lo viene a confirmar la importancia de la construcción idealizada de los mismos. Ello los convierte en ejemplos anónimos que tienen su paralelo en las fuentes literarias, aunque, probablemente escondan  a mujeres reales.

 

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