Los jardines japoneses (II parte)
Como veníamos diciendo [... Los jardines son una parte muy importante de la cultura japonesa por la especial importancia que se da en ella al contacto del hombre con la naturaleza...]
Existen varios tipos de jardines asociados a las diferentes épocas de la historia nipona, pero éstos pueden dividirse fundamentalmente en dos grandes apartados, los jardines “verdes”, determinados por el color de los árboles y el musgo, y los “secos”, conocidos popularmente como jardines zen, aunque los principios de esta religión también están presentes en los primeros.
Los primeros jardines “verdes” fueron construidos por la aristocracia de la época Heian (finales del s. VIII a finales del XII) alrededor de los palacios. Tenían un gran estanque-lago que podía ser recorrido en barca y su tamaño fue creciendo gradualmente hasta alcanzar enormes extensiones. Pretendían evocar el paraíso descrito por el buda Amida. Estos jardines estaban destinados a ser contemplados desde unas terrazas de madera (engawa) que rodeaban a los distintos edificios.
El estilo Roji (senda) incorpora a éstos un camino por el que la persona pasea meditando sin salirse de la senda, y que conduce a la típica construcción de ésta época, el So-an caracterizado por su tejado de paja. Apareció en las épocas Azuchi-Momoyama (1580-1600) y Edo temprana. Suelen ser más intimistas en cuanto a proporciones y generalmente los construían sus propietarios. A ellos pertenece también clásico jardín donde se enclavan los pabellones de Té. En la época Edo (s. XVII a mediados del XIX) este camino se fue enriquecido con una serie de paradas para la meditación en las que se reproducían de forma abstracta Meisho o “vistas famosas” a modo de paisajes naturales o ficticios fruto de la poesía. La complejidad llegó a un punto en el que los artistas profesionales se implicaron en su diseño.
Muy distintos, aunque también antiguos, son los jardines “secos” o zen que reciben el nombre de karesansui. Aparecieron en la época Kamakura (s. XII) inmediatamente después de la Heian. Se trata de recintos pequeños de forma regular formados por arena rastrillada y conjuntos de piedras. Lo más importante como en los anteriores es la disposición de las últimas que debe actuar, por sí misma, como fuente de inspiración para lograr la concentración espiritual. Están concebidos para la contemplación desde la terraza del templo y no para el paseo. En ellos no hay rastro de vegetación a no ser el musgo que se forma en la línea de separación entre las piedras y la arena. Ello no significa que no representen la naturaleza, sino que lo hacen desde una forma abstracta, es decir, atendiendo a su esencia interna y no a sus manifestaciones externas. Según los casos pueden contar con tres montículos de arena dispuestos de modo que, siendo observados desde cualquier lugar, sólo se puedan ver dos, o bien quince piedras las cuales tampoco pueden ser vistas todas al mismo tiempo. Esta peculiaridad sirve para alcanzar la certeza de que no se puede captar la totalidad del mundo de una sola vez.
Las piedras levantadas se emplazan durante un ritual al que sólo pueden asistir los monjes. La arena es rastrillada todos los días formando círculos alrededor de las “piedras-islas” y en línea recta en el resto. Su visión evoca el mar o las aguas, mientras que las rocas o montículos, la montaña. Es importante el hecho de que cada día, ya sea por la mano del hombre o por el viento, su forma siempre cambia aunque en lo fundamental permanezca constante. Fuera del jardín, también forma parte de su contemplación elementos secundarios como las copas de los árboles sobresaliendo tras el muro o el perfil de las colinas circundantes. Para designar este panorama se utiliza el término shakkei “paisaje prestado”. Pese a algunas interpretaciones sobre la forma de las rocas, éstas, en realidad, no simbolizan nada, puesto que su verdadera finalidad es ayudar al espíritu a través de la contemplación serena a alcanzar el plano del “no espíritu” o del “no pensar” que abre la puerta de la aprehensión intuitiva de la verdad suprema.
Desgraciadamente hoy en día los problemas de espacio de Japón han relegado los jardines, antes presentes en cualquier hogar, al entorno de los edificios importantes y plazas públicas y ya no reproducen paisajes naturales, sino que se acercan más a los patrones occidentales. Ello es debido al espíritu de la época Meiji en la que al fin el hombre se ha separado de la naturaleza.