Los aires del abanico
El abanico plisado fue inventado, según la leyenda, por un japonés, alrededor del siglo VII, inspirándose en las alas de los murciélagos que contemplaba mientras descansaba tumbado en una cueva, aunque el uso de instrumentos para generar una corriente de aire es muy antiguo y extendido por muchas civilizaciones.
Aunque hoy es un complemento femenino fue durante mucho tiempo usado por ambos sexos. Así los generales japoneses empleaban un abanico de metal como insignia de mando decorado con el blasón de su clan, siendo característico el disco solar rojo sobre el fondo blanco o negro.
En Europa fueron introducidos por los portugueses a mediados del siglo XVI poco después de su llegada al archipiélago nipón. Parece que esta nueva adquisición entusiasmó a españoles e italianos mientras que en Francia se popularizó en el reinado de Enrique III, por mediación de María de Médici, o tras un viaje del monarca a Venecia, según diferentes versiones. En cualquier caso, el punto álgido de su uso llegaría en las cortes de Luis XIV y XV pasando a convertirse en un complemento imprescindible de damas y varones que usaban uno de tamaño más pequeño.
Aunque en origen eran de papel y bambú, en occidente se impusieron los de tela y madera. Su hoja o “país” se convirtió desde pronto en un versátil soporte en el que se dio rienda suelta a todo tipo de composiciones pictóricas abundando flores, pájaros, paisajes, escenas mitológicas y costumbristas, algunos de ellos pintados por grandes maestros. En cuanto al conjunto de varillas conocido como “baraja” también se pintaba o labraba primorosamente, realizándose incluso en ricos materiales como carey, nácar o metales preciosos, hasta el punto de alcanzar la importancia suficiente para dar lugar a una tipología característica “sin país” denominada “abanicos de baraja”.
En el s. XVIII España se convirtió junto a Francia e Italia en un gran productor de abanicos creándose a principios del s. XIX una Real Fábrica de Abanicos para atender la demanda.
Además, alrededor del abanico surgió un lenguaje secreto cortesano para comunicar discretamente pensamientos e intenciones a posibles pretendientes. Éstos se basaban en la rapidez con la que se movía, la posición en la que se sujetaba, el modo en que se cerraba, si se dejaba caer, si se dirigía hacia el cabello de forma que éste se moviera u otras actitudes como contar las varillas, cubrirse con él, golpear suavemente la mejilla o la mano, cedérselo a otra persona, etc.
La Revolución Francesa hizo que su papel decayera junto a otros usos asociados al Antiguo Régimen renaciendo después bajo Napoleón III (mediados del s. XIX) en consonancia con la nueva y suntuosa moda de los miriñaques. Por entonces, Francia se convirtió en el centro indiscutible de producción de abanicos exportados a todo el mundo, apareciendo a finales de siglo los de plumas exóticas, sobre todo de avestruz, adquiridas a través del mercado colonial.
En estos momentos y gracias a los avances tipográficos aparecieron también los abanicos de papel impreso de estilo Art Decó que además se convirtieron en un nuevo soporte para la publicidad. Con ello se extendieron a las clases populares aunque el uso de materiales baratos hizo empeorar notablemente su calidad, mientas que los antiguos abanicos, auténticas obras de arte, no tardaron en convertirse en objeto de colección. Hoy en día su fabricación se centra en el sur de España y parece que últimamente su uso vuelve a extenderse.